lunes, 11 de junio de 2018

Solo soy yo


Solo soy yo escuchando callar al pasado
Solo soy yo sintiendo tu hechizo en do sostenido
Solo soy yo despertando en un mundo sin brillo
Solo soy yo subvirtiendo tiempo y espacio desde un vagón de subte
Solo soy yo inventando historias para no aburrirme
Solo soy yo frente a las chicos buenos de Oxfordshire (Siempre caen bien)
Solo soy yo en el momento en que las luces se encienden
Solo soy yo celebrando la belleza
Solo soy yo intentando disimular el mundo exterior
Solo soy yo mostrando los dientes
Solos soy yo esperando demasiado tiempo en la antesala de la nada
Solo soy yo metiéndome en la cama para olvidar a un viejo día


La noche lleva tiempo siendo larga. Entrás en silencio, tu silencio, y después de muchos
planeos verticales, innecesarios y tibios, tus manos se pierden en mi pelo.
“Te extrañé”, decís.
No me atrevo a decirte que yo tampoco.

viernes, 13 de abril de 2018

pon tus manos a volar o en tus ojos el terror



Llueve afuera, ¿sabes?
O debería.
Esas gotas tibias como abrigo
y nosotros vestidos de silencio.
Suplicamos entendernos pero
tenemos miedo.


En la oscuridad presiento tu boca,
mi boca;
tus manos, mi pelo.
Solo deseo morir enjaulada
en tu ambigüedad.


Un relámpago
ilumina
los derroteros de mi cuerpo
llenos
de arenas grises.


Llueve adentro, sabés?
Mientras busco cómo ofrecerte
mares azules con brisa de romero.
Ahí donde olvidaste tus alas
te extrañan esas luchas
tan ajenas,
tan tuyas,
tan de nadie.


Tal vez hoy entienda por qué tus ojos
se yerguen y miran con soledad.
Aunque no llegue a descubrir
si están pidiendo
perdón o clemencia


De haber llegado antes
sobrarían los fuegos y las treguas.
Pero hoy ya es hoy
y este silencio no le pertenece a nadie.



* El título es un verso de la canción Se dejaba llevar por ti, de Antonio Vega

domingo, 1 de abril de 2018

Gustósono

Me gusta enumerar prolijamente, pero esta vez, no.
Esta vez, prefiero una masa amorfa de gustares y no gustares, un tirar de la cuerda y que vayan saliendo, las cosas, las que gusto o no gusto, las que están o que estuvieron y que por eso las degusto más, o las que no estuvieron y por eso las hecho tanto de menos.
El café con leche de la mañana (jarro de leche con dos cucharadas de café instantáneo). Es sumamente importante que esté, cada mañana, cada una de las mañana de mi vida, una vez que dejó de ser un toddy, una vez que superé el año de rebeldía idiota y me iba a la escuela sin desayunar, porque sí, porque no sabía que me gustaba tanto, el café con leche, con dos de azúcar.
Me gusta el sol en invierno y la sombra en verano. Me gusta la ciencia ficción pero no el terror. Me gusta más Cortázar, Arlt, Camus y Gelman que Borges, Lugones, Celine y tanto poeta que anda por ahí creyendo que es fácil escribir poesía y te suelta impune una chorrera de palabras que no dicen, ni siquiera, lo que insinúan.
Me gusta mi gato y los gatos que se le parecen. Me gusta verlo dormir, despatarrado, en medio del sillón como si todo lo que existe en el universo fuera suyo. Me gusta como se escurre discretamente cuando sabe que tres son multitud.
Me gustaba Ibiza. No sabía ni que existía pero un día me gustó y duró lo que hizo falta. Ahora me gustan muchas de las personas que viven ahí, me gustan sus calas discretas, su mar transparente y sus acantilados mágicos. Pero Ibiza ya no me gusta, ya no.
Me gusta establecer largas conversaciones con chicos chiquitos, dejarme arrastrar por su lógica purísima. No soporto más de dos segundos las charlas de compromiso ni la lógica cínica de algunos adultos.
Me gustan las montañas, los lagos. Me gusta irme de viaje a donde no entienda de los que hablan. Me gusta viajar para conocer otras verdades y en el mientras tanto, tomarme unos miles de mates en alguna plaza de pueblo creyendo que podría ser de ahí si no fuera que alguna absurda coincidencia no lo quiso.
Me gustan casi todos los mamíferos y casi ningún insecto. Me gusta la política aunque no la entiendo. Me gusta saber que la justicia hace justicia porque así las cosas están como deberían y me siento tranquila, ordenada, satisfecha, en paz.
Me gustan las lapiceras, los cuadernos, las revistas. Me gusta el silencio después que mamá habló y habló, hablo, habló, habló y habló… No me gusta tu silencio cuando es solo ausencia.
Me gusta arriba, abajo, de costado, en silencio, conversando, de pie, sentados, acostados. Me gusta cuando me amas y te amo por todos los rincones de mi casa. Y de la tuya.
Me gustan las fotos, escribir, leer, resolver los problemas justo en el momento en que aparece el vértigo de sospechar que no va a haber solución, pero al final la hay. Me gusta el trabajo pero no el que tengo.
Me hubiera gustado tener hijos. Me hubiera gustado tener padre.
Me gustan las series de la tele con familias disfuncionales, con individuos rotos. Pero cuando pienso que son actores que ganan millones de dólares por hacer de alguien que bien podría ser yo, ya no me gustan. Me gustaba Meteoro y Astroboy pero ahora no me divierten ni por nostalgia.
¿Alguna vez me va a gustar cambiar de sueños? ¿Alguna vez me gustará cocinar? ¿Quizás algún día me guste ser tercera, o segunda o hasta última en alguna de esas travesías imposibles?
Me gustan algunas palabras: duna, chichón, cutre, guarro, salamín. Me gusta jugar con las palabras, que juguemos a recortar palabras en el aire, que armemos redes volátiles de palabras. Que susuremos palabras, que olvidemos palabras, que comamos palabras.
Me gusta esa foto sorpresiva donde estamos todos riendo, donde no sobra nadie.
Me gusta cantarme canciones cuando voy a hacer algo que me da miedo o me llena de orgullo, cuando me lastiman y no se que otra cosa hacer, cuando quiero exorcizar fantasmas.

Y como no hay imperativo para el verbo gustar, me hubiera o hubiese gustado, o mejor, me gustaría llamarte, algún día.

1-3-2009

viernes, 22 de septiembre de 2017

particular, muy muy particular, interpretación del final de Twin Peaks

"Te va a decepcionar", me dijo Lucas.
"Espero a ver tu cara cuando veas ese final"

Pero es que en este estado de amor, es imposible que Lynch me decepcione. Así que para que se sepa, ademas de "particular" esto que sigue no es una interpretación, es otra cosa.

Porque Twin Peaks es otra cosa. Una cosa excepcional: una excepción que nos ejemplifica que la vida es eso que pasa mientras esperamos que...

Desde que empezó el último capitulo supe, no perdón, sentí que no iba a haber "final". ¿Alguien que los necesite siguió junto a nosotros hasta acá? No lo creo. Aquí solo seguimos en pie los que nos perdemos y encontramos en "los" momentos.

Lynch me enseñó, me demostró quiero decir, que eso de introducción, nudo y desenlace es un camino que puede reemplazarse siempre y cuando se ofrezca al otro (parte imprescindible en este viaje) alternativas igual de atrapantes.
Sí, podemos quedarnos varios minutos tras los ojos fijos de Dougie en un enchufe o en el reflejo de una bandera. O ser otro que sigue los movimientos de una francesa preparándose para bajar al bar. O podemos mirar mirarse a Gordon y Albert como si el tiempo no corriera. O seguir la compra del sillón de Andy y Lucy. Ejercitando la paciencia dijo alguien; si, mientras atravesamos mundos.

Porque en definitiva, no somos el Agente Especial Dale Cooper y Diane Evans del "ef-bi-ai", sino Richard y Linda teniendo sexo en un motel barato para luego no volver a ser los mismos.

Lynch nos hace sentir que la vida es un poco absurda, un poco hermosa, un poco incomprensible y otro poco un simple tarea de héroes.

Pero quizás, lo más individual de esta temporada (y por individual  me refiero a esa partecita solitaria en que impactaron algunas escenas colectivas) es el acercamiento al dolor.
Todos los que dejaron la vida estos años volvieron en algunos de los capítulos compartiendo cartel con los que si pasaron por el set en 2017. Ese juego de mundos paralelos en los que los que se fueron siguen estando. No puedo recibir más que como un enorme acto de amor la posibilidad de despedir a Margaret del que el humano Lynch nos hizo parte.

Dos días hace ya que apagué la tele y no logro sacar este universo de mi cabeza.
Si, el final es solamente una parte de todo el gran lío que es vivir.


domingo, 1 de enero de 2017

la playa

Ella dice:

“Cerrá los ojos… Imagínate que estás en una playa… Mejor, abrí los ojos, mirá dos segundos y volvé a cerrarlos”

Él lo hace. Imprime en sus retinas la foto del monitor.

Ella comienza:

“Estas ahí, en una reposera, con anteojos de sol, los ojos cerrados. No se escucha el ruido del mar, no hay olas. Se oye el viento en los pinos que protegen toda la pequeña playa. Cae la tarde, el sol está tibio pero no quema. Tenés la piel marcada por la sal del mar, por el calor de la tarde intensa. La caída del sol trae una especie de alivio sobre tu piel. Una brisa suave transita tu cuerpo. El roce del aire fresco te hace sentir bien.”

“Y yo…”, dice él. Ella no lo deja seguir. “Shhhh”, suave, como un susurro que lo hechiza.

“Te molesta la malla, pero ahí, en esa playa, no podés sacártela. Te empieza a atrapar la sensación de no poder hacer algo que querés, algo que te daría más placer... pero la brisa te envuelve otra vez, la piel cansada recibe la caricia y la mente se calla.”

Ella hace silencio para ver la comisura de su boca elevándose suavemente. Sigue.

“Escuchás un pequeño suspiro. Tan cerca, nadie más que vos podría oírlo. Es ella. Sabés que está ahí, bajo esa luz cálida, bañada por la misma brisa. Querés abrir los ojos y mirarla, tan tuya, a tu lado. No lo hacés. Disfrutas de su rumor. De repente pensás que tal vez otra, más buena, sería mejor. Pampita. Ahí, junto a vos, como un trofeo. El cuerpo de Pampita, a tu alcance, solo tenés que abordarla. En eso ella, la no Pampita, vuelve a sonar. Es un gemido imperceptible, tal vez esté dormida. Podrías seguir soñando. Pero…”

“Pero nada, no paro, voy con Pampita, al mando de mis deseos…” irrumpe él. No abre los ojos.

“Pero” lo ignora ella, “ese pequeño sonido se metió en tu cabeza. Cuántas veces sos vos el que lo provoca. No te acordás del primero pero te vinieron ganas de un próximo. No hay más sonidos en esa playa. Estarán solos. Tus manos ya no pueden contenerse. Tu cuerpo requiere su presencia. Sus formas ya no son como en las fotos pero siempre se encienden con tus exploraciones. Te humedeces los labios preparando el encuentro”

Él da una inspiración un poco más fuerte y no dice nada. Sigue en esa playa donde el tiempo no importa. Ella termina:

“Primero estirás el brazo para encontrarla en la inmensidad de esos veinte centímetros. No hay nada. Después abris un ojo, luego otro, todavía no te volteás hacia su lado. La tarde está violeta. Te girás, no hay nadie. El agua, la brisa, la luz, el cielo, las reposeras… Pero ella no está. Sigue ausente, como en los últimos 10 años.”

Él exhala, sentado en su soledad, sin ella en su mirada.

lunes, 19 de diciembre de 2016

He said…
Ella sabe cantar… él toca el piano… sus fotos son… pasmosas…
A él lo ves dibujar, su mirada fija, en el objeto, en el papel, siguiendo una lógica…
Ella toma las piezas y las presenta, las aleja, las vuelve a juntar…

Todos ellos tienen ese mandato interior que les dicta cuándo, cómo, dónde…

Su lenguaje propio, su orden propio, su constelación propia…

Los ves, a ellos, a cada uno de ellos, abandonar el mundo conocido y difuminarse en otro del que solo podemos observar las consecuencias…

She broke…

La realidad está moldeada por palabras, el viaje en taxi está moldeado por palabras, la compra en el supermercado está moldeada por palabras, la relación con esos otros está moldeada por palabras…

Usar palabras para abandonar el infinito esculpido por palabras no es tarea para muchos.

Hay que apostar el doble, hay que quebrar el doble, hay que saber no decir el doble.

Será que saber que no estás, que no están, me deja sin palabras para sobrevivir a la palabra.

Será eso, o tal vez, será que no…

sábado, 19 de noviembre de 2016

Querido Señor:


Sí, hace todo este tiempo. Por eso es tan difícil que bailen dócilmente las palabras, que corran sensatas a cubrir tanta ausencia. Pero mire usted: solo ellas pueden hacer estas cosas.
Le sería abrumador escuchar aquello que quiero oiga primero, quisiera evitárselo, pero es tan fuerte y sencillo el anhelo que no está bien refrenarlo. Lo extraño todavía. Pero ahora lo extraño desde esta que soy, que creo tiene bien poco de aquella que usted miraba.
Una mañana (o un atardecer, no recuerdo mucho últimamente) desperté sin ese arrebato que hacia usted me empujaba. Mi amor no estaba muerto, no, solo sosegado. Cuando cerraba mis ojos para ver los suyos sólo encontraba el color pero no su brillo. Y de su voz ya no queda una sola sílaba encajada en mi memoria.
Pero como ya le he dicho, no he olvidado. Recuerdo más que nunca y lo quiero como siempre. Pero cuando quiero soñar ya no lo invito a acompañarme. Ahora prefiero el temblor de otro cuerpo junto al mío.
Y usted pensará que esta es una última venganza. No lo diga, no es cierto. La misión de esta nueva (y vieja) carta es recordarle algo que seguro sólo usted ha olvidado.
En una tarde de vino y deseo, usted declaró su emoción por mi pelo. Y yo, loca de amor por usted, lo puse en sus manos. “Es tuyo” le dije, “te lo regalo”. Usted lo aceptó como suyo y yo gané el universo entero con esa entrega.
Desde entonces le pertenece. Pero ahora señor, necesito todas las partes de mi cuerpo para volver a amar.
Si me hiciera el favor, si dejara de enredarse entre mi pelo, si dejara de esconderse y asaltarme, si pudiera volver para decirme hola, tal vez yo podría decirle adiós. Ya no soy más que una esperanza calva y estas nuevas manos que me abrazan ya no saben cómo retenerme.
Si quiere quédese usted con un mechón, el más rebelde, y llévelo a pasear, a tomar café y al cine. Ensortíjelo mientras lee un libro clásico y límpielo con cálida ternura. Pero con el resto, por favor, haga un bonito paquete, envuélvalo en papel rojo y envíemelo cuanto antes. No quiero que esos sentidos que usted una vez despertó se marchiten entre fantasmas.
Nada más tengo que pedirle, espero me comprenda.
Me despido de usted con una porción considerable de mi amor,

Su.

(escribí esto para él hace varios siglos. Sobran algunas palabras, como debe ser. Detesto los finales donde gana la injusticia y las batallas se pierden y los que amamos ya no disfrutan del cielo y el agua)
Te vamos a extrañar todo el resto de nuestras vidas.