lunes, 23 de julio de 2012

cambios

Se empeña esta realidad dogmática en recordarme que decir mañana es decir cambio. Si no hay cambio, no hay mañana, es hoy teñido de ayer perpetuo.
Pero su crueldad, la de la realidad, alcanza niveles apenas tolerables cuando los cambios se convierten en ausencias.
Hoy
  Aquí
    Ahora

que nada más...

domingo, 22 de julio de 2012

empezar

La mayor parte del tiempo sé por qué hago las cosas. Quizás mejor sería decir que en la mayoría de los casos le asigno un porqué de origen. Equivocado o no, hay un entramado de situaciones y sensaciones, aunque estas no tengan mucho peso, que dan el espaldarazo necesario a mis acciones.
Y eso es sencillamente una porquería.
Eso de la espontaneidad, eso de los deseos irrefrenables, eso del vértigo de dejarse llevar no asoma en acciones de este tipo, sesudas, aplicadas, respetuosas, honradas. Sosas.

La mayor parte del tiempo no sé, ni puta idea, de por qué no hago cosas. No se por qué no escribo, no sé por qué no leo, no sé por qué no viajo, no sé por qué no estudio inglés. No se por qué no dejo entrar a nadie, no sé.

Al final de cada día, cuando sentada en el mismo lugar en donde estoy ahora, me pongo a pensar en qué gasté las horas del hoy la respuesta casi siempre es una suma de cosas que no pasan de necesarias. Nunca hermosas.
Busco una metáfora y se me aparecen los monos de la yunga boliviana.
En Villa Tunari hay una reserva de monos, especialmente capuchinos, que se creó a partir de la gran cantidad de animales que los ricos compran de cachorros para su diversión pero que luego cuando llegan a adultos les colman la paciencia y los abandonan. Es que encerrados en una casa, esos pequeños monolitos a la dependencia exigen comida y agua, pero le peor sin duda, es que un mono es un mono y no va a controlar esfinteres nunca.
Así, aquellos graciosos regalos se convierten en exiliados for ever. Viven su vida en una jungla en la que no pueden desenvolverse con seguridad y autonomía, por eso necesitan una reserva, necesitan de sus cuidadores para que les preparen sus comidas y les llenen los bebederos.
No hay peligro si se mantienen saltando entre las veinte lianas del parque.
Imagino a uno de los monos agarrado a la última rama, aturdido, no sabiendo si continuar hacia ese adelante temible o si volver para atrás. Y no hace nada, la rama se balancea, adelante, atrás, adelante, atrás. Nada, nada. Nada.

miércoles, 4 de abril de 2012

ours

Mendoza, febrero de 2012. Centro de atención al visitante del Parque provincial Aconcagua.

Dos turistas alemanes, vestidos de tiroleses, recién llegados en su Mercedes con patente alemana, discuten con la guía sobre el precio de entrada al parque: 10 pesos por persona, 2 euros. 
Harta ya la chica de tratar de convencerlos de que ese era un precio insignificante, que ni una pizza se compraban, en su inglés muy argentinizado le dice al alemán en respuesta a su comentario "las montañas son gratis":

 "this is free! -y señala estas montañas que se ven detrás del centro

"but, this is us" -señalando el Aconcagua, ahí, tan nevado él. 












Sí, es nuestro, ours, us, lo que quieras. Nuestro y hermoso.


lunes, 2 de abril de 2012

en el baño, o en el sillón mientras sonaba la trompeta de Miles, o en ascensor después de la breve incursión al reino de los cigarros rubios de medianoche; en alguno de esos lugares donde nada debería ser importante, ahí, justo ahí, el círculo de pensamientos contorsionistas tuvo su cierre.
Es que nunca se había arriesgado lo suficiente, en eso se resumía todo.


domingo, 11 de septiembre de 2011

Línea L. (final posible)

Una cierta indiferencia se ha instalado entre nosotros. Frialdad, abulia.
Esa última película de L. no era mala, tampoco buena; una actitud inaceptable para un hecho artístico. Es que si no empuja a la acción o no convoca a la reflexión, mejor no hubiera empezado. Es un pecado solo permitido a los culebrones de medianoche. Será tal vez que a este film lo alcanzó el desapego, o será que fue él el que lo parió ya entumecido.


Quizás es tiempo de detenerse, quizás es tiempo de seguir por un camino alternativo hasta que, quien sabe porqué extrañas circunstancias, volvamos a encontrarnos. Entonces L. será uno de esos viejos conocidos, una de esas tibiezas que seducen el alma cuando vaga perdida por lugares anónimos. Seremos dos extraños hermanados por una ilusión partida (compartida), vulnerable y loca, ansiosa siempre por renacer a pesar de y sin importar cuán.

sábado, 10 de septiembre de 2011

Línea L. (iv)

Domingo, 6 de la tarde: hora de la desesperanza. ¿Qué mejor que tomar la línea L. a ver a dónde me lleva?


Una película recomendada en la que L. hace un papel chiquito. Nada, no más de 7 minutos en una película de hora y media. Pero la Línea L es así: no se cuestiona nada, arremete, avanza. Aunque este “encuentro” tiene truco: es sobre un cuento de Di Benedetto –otra de mis manías breves- y con otro actor que me gusta al que supe una vez con la incondicional ayuda de L. (otra L. en mi vida) regalarle un libro de, casualmente, Di Benedetto.

En este punto debería plantearme si esto no es para preocuparse. Tanta recurrencia, digo. Si no hubiera una cantidad como la existente de manías apagadas juraría que esto es patológico. Pero en realidad es esencia de esa “ocupación caprichosa” la de terminar apagada.

Un día debería ponerme a pensar cuál fue la primera. Creo que Ray Bradbury, pero no me puse realmente a la tarea de la memoria. Un día, tal vez. Un día, si sintiera que vale la pena.

La película, de eso hablaba o quería hacerlo, la daban en un cine del espacio Incaa de Constitución. Eso garantiza poca gente, sordidez y nada de avances ni pochoclos. Tres de cuatro no está mal. Casi bingo. Al llegar anoto mi error: sórdido es el barrio, pero el cine está muy bueno. La sala no es muy grande, pero hay mucha gente. Buen balance.

Me siento -asientos reclinables-, se apaga la luz, empieza la película directamente como si prendiera la video, habla el anciano de rigor como si estuviera en el salón de su casa y yo me pierdo en la trama como si estuviera dormida. Un poco sanguinaria, “película de hombres”, pero está buena.

Me quedo mirando la hoja en blanco que espera el resto de la historia, pero decido interrumpir el viaje. L. se está apagando. Quiero seguir hablando de Di Benedetto, de las “obras de hombres”, de Constitución a las 9 de la noche de un domingo. Pero en algún lado, de la misma manera en que se encendió L. está desdibujándose. Ya conozco sus formas de hablar, sus pausas, sus miradas de costado, sus escasísimas sonrisas. Pero se apaga…

viernes, 9 de septiembre de 2011

Línea L. (iii)

L. aparece esporádicamente en la novela de la tele. Y me vuelve a pasar lo que todavía me sorprende: siento una familiaridad con él que solo tiene razón en mi cabeza. Recuerdo muchas otras “manías” de este tipo, en el sentido que mejor se adapta a su original del griego ‘locura, demencia, estado de furor’ pero sumando una de las definiciones de la real academia que la refiere como “extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determinada”. Esta “ocupación caprichosa” diría yo, me llevó a lugares inolvidables, siempre, como aquella vez que impulsada por la manía Albert Camus arrastré a mis compañeros de viaje hasta el pueblo donde está su tumba. Buscar un cementerio en la Provenza francesa, encontrarlo, equivocar la entrada para tener que frenear frente a las tumbas (el mantenimiento del lugar no era realmente el ideal) y con la puerta abierta y un pie afuera retornar al cuerpo lógico para cuestionarme: “¿Qué estoy haciendo? ¿Qué espero me devuelva un nombre sobre una piedra gastada?


Sigo sintiendo cierta familiaridad por Camus pero ya no circunscripta al hecho de haberlo encontrado sino que ahora es parte de mi historia. Camus, sus textos, son una serie de hilos suaves y fuertes que bordan recuerdos dulces: llegué a una isla aparentemente no desierta con solo un libro: El extranjero; años después pasé días oníricos en esa misma isla cuando recorría 4 kilómetros en bicicleta para alimentar a unos gatos y sumergirme en la lectura de La Caída en soleadas y solitarias tardes de invierno.

Lo existencialista de Camus –luego se sumarían otros- forma parte de mí. Supongo que por eso L. y esta compulsión a la repetición de dejarse llevar siguiendo algo antojadizo, tan caprichoso como puede ser la atracción en el cualquier estado e intensidad que se presente.