sábado, 3 de septiembre de 2011

Línea L. (ii)

Busco en internet y hay una película donde trabaja L. Está filmada en Punta del Diablo. Estuve ahí hace un par de años, de vacaciones con unos amigos. Fueron diez días maravillosos. Muchas charlas, asado, vino, paseos. Poco mar (días bastante nublados), muchas risas. ¿Cómo se vuelve a un lugar donde se fue feliz? Sin prejuicios, creo. Sin pensar. Solo se va como si fuera nuevo pero conociendo dónde comprar el pan o dónde no comprar asado. Durante esos días aprovechamos además para tejer varias novelas: desplegamos algunas de nuestras historias secretas e inventamos juntos otras donde el deseo expandía todas sus armas.

Consigo la película. La dejo reservada para el sábado a la tarde.

La tormenta azota mi octavo piso con la misma intensidad que en la pantalla. Pura coincidencia. La historia es triste, con pocas palabras. Un día voy a escribir sobre un personaje que no dice mucho pero que sin embargo, no escatima voz para transmitir todos sus sentimiento. En ese mundo me gustaría vivir: la gente dice lo que siente, no lo que le gusta.

Al terminar la película -L. sigue sin defraudar-, empiezo a pensar en mis próximas vacaciones. Me doy cuenta de que el gran viaje no va a ser posible. No puedo viajar en esa fecha. Entonces debo pensar en otros rumbos.

En pleno agosto tormentoso, la idea de una playa tibia altera mi piel.

domingo, 28 de agosto de 2011

Línea L.

Con L empieza su nombre. Un día lo vi y sentí algo. Claro, lo vi en la tele y no supe bien si era atracción o un poco de disgusto. Cada escena, que eran pocas, esperaba a que derrape, a que se le note lo mal actor. No pasó, y sin saber todavía que era lo que era, empecé a prestarle atención.
Un día le conté a mi hermana: “ese me gusta, bueno no sé si me gusta o me da asquito”. Mi hermana me hizo un gesto de desdén, tanto tiempo hace que me escucha. Me conoce.
Fue ella la que un día me dice: “salió un reportaje en el diario a ese que te gusta a vos” No nos criticamos, ella dice que su segundo marido es E., actor escocés de casi moda. Así que tengo dos cuñados. A veces nos sentimos solas o asoladas, resaca de nuestras infancias. Nos permitimos estos juegos, ¿por qué no?
Leo la nota y L. menciona una obra de teatro off que va por la cuarta temporada. No puede ser mala pero no quiero arrastrar a otros en el seguimiento de la línea L. Voy sola, está decidido. El primer viernes llueve, lo dejo para otro día. El siguiente viernes hace frío polar pero tres días antes una rotura del espejo me había dejado mucho más helada. Ese mágico cristal que devolvía seguridad se quebró cuando dos hombres armados irrumpieron en la oficina. No pasó nada, solo la angustia insoportable de saberse mortal. Ese viernes tenía que ir al teatro. No era tiempo de postergaciones, ni de encierros, ni de vagancia. Que el propio mundo pende de un hilo y hay que dejarse llevar, hay que dejarse vivir.
El juego de la Línea empieza en cualquier lado, por cualquier cosa y hay que seguirla hasta que se pierda. Esta línea, la L., va saltando entre lo conocido y lo ajeno. Si, no suena muy original, pero es así. En ese programa de la tele, el protagonista –que no es L.- lleva mi apellido. No es muy común, por eso la sorpresa. Lo ajeno y lo propio haciendo raras migas.
Viernes noche, primeros cinco minutos de la obra. Pensé lo peor. Otra de esas cosas under donde lo que parece decir algo en realidad no dice nada. Y de pronto se me vuela la cabeza. Más allá de las actuaciones –por cierto me da un poco de vergüenza tener a L. tan cerca, como si él supiera- está contada de manera genial. Al final resulta una obra under donde no dice lo que dice, obligándote a que las ideas se completen en tu cabeza y por lo tanto, haciéndote cómplice. Es una obra “nuestra”. Se prenden las luces y los aplausos son moderados. Yo creo que es por el shock.
Salgo a la calle, camino a la una y media de la mañana, sola, las 10 cuadras que hay desde el pequeño teatro hasta casa. Yo quiero escribir así. Yo quiero hacer eso con la escritura. Yo quiero ser la que es capaz de crear esos mundos.
Llego a casa y escribo tres hojas convulsionadas. Dos y media de la mañana salen en un mail para G.
Tres días después me pongo en contacto con C. una escritora con la que hace años hice mi primer taller. Vamos a juntarnos, ella y yo solas, a trabajar sobre mi escritura.
Primera parada de la línea L. Esto invita a no parar.

viernes, 26 de agosto de 2011

Taller (vi)

1.
Las respuestas se moldean a cuatro manos: dos del corazón, dos del raciocinio. A veces son demasiados veinte dedos y con una de cada lado basta. Lo malo es cuando responden dos derechas. ¡Ja!
Hay que hacer mucho ejercicio, siempre en movimiento esas manos, porque con el tiempo les puede dar artrosis. Entonces moldean poco. Devuelven respuestas estandarizadas. Si (tarjeta verde). No (tarjeta incendiada). También malo cuando solo responde el corazón o solo elabora respuestas el cerebro. Son pánfilas esas. Son previsibles. Llega una pregunta, entra una situación, se la pasa al cerebro, sabe de que se trata, la retiene, espera a que el corazón este libre, se la pasa, este la retiene, como que la macera,¿ vio?, la hace picar, la mueve, la gasta, se la pasa de nuevo al cerebro que mira, levanta la cabeza, traza un objetivo y ahí va! Gol! La respuesta atraviesa el arco, sigue de largo, entra en otro terreno, vienen algunos jugadores del partido anterior, otros no, hay nuevos. Partido diferente. ¿Vos querés jugar? ¿Estás en forma?
No.

jueves, 25 de agosto de 2011

Taller (v)

3.
Elegir el maestro es elegir ser alumno. Es optar por mirar desde atrás, protegido, casi tieso. Los deseos son los deseos del maestro. Vos crees que son tuyos pero no. Son de él. Para tener un maestro hay que saber colaborar. Hay que saber formar parte. Hay que saber quedarse. Vos no sabés porque nadie te enseñó. Vos no tenés padre. En mis sueños sí tengo padre.
No.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Taller (iv)

1.
Te veo, me ves, estamos sucios. La arcilla se mete en los poros, nos reseca la piel. Por eso siempre antes de gozarnos, primero nos ponemos crema. A vos te gusta sin olor, para mí todo es sin olor. Son las dos y salimos a comer con todos. Vos me mirás y yo me quedo tranquila. Tus ojos a veces son más efectivos que tus manos. Lo que menos me gusta de vos son tus palabras. Tenés muchas y son bastante vacías. Volvemos de comer con todos y vos te alejás rozándome los dedos. No te querés separar, querés que yo crea que no te querés alejar. Y te vas a esperar las seis entre unicornios de cerámica crudos. A las seis sale la segunda tanda del horno. Hoy fue un día productivo. Estamos cansados. No queremos coger. Esta noche, no.
No.

lunes, 22 de agosto de 2011

Otra tonta historia de no-amor

- Hola
Él responde hola coordinando una sonrisa laboral: no se cansa nunca de devolver un gesto amable a aquellos que lo reconocen por la calle. Quince años trabajando en teatro pero son los veinte minutos en la tele los que hacen el milagro.
Ella lo mira y enrojece, él sigue de largo ya que no hay pedido de foto con el celular, ni firma en agenda usada, ni preguntas sobre cómo sigue la novela. Ella apura dos pasos viendo que se le va.
- ¿Das clases de actuación? ¿particulares?
Supo en ese instante que sonaba a insinuación o peor aún, a entrega. Urgía la necesidad de corregir
- Lo digo en serio, nada raro, ¿eh?
Él la miraba más intrigado que interesado. Esa vocación por la experimentación, esa valentía ante lo desconocido, ese olor a reto que su instinto fino captaba.
- No. Pero puedo recomendarte a alguien si querés. Pero clases particulares de actuación no es muy… bueno.
Ella sintió el vértigo, podía seguir hablando, iba a meter la pata, sí claro que sí, pero ya tenía los suficientes años como para saber que ese partener desaparecería irremediablemente dos pasos adelante.
- Bueno. No, está bien, gracias. Era solo una… ¿Te puedo preguntar? Solo te cuento mi idea, tal vez sea muy loco.
Antes de que él comenzara a preocuparse o a trocar su interés en abulia, explicó:
- Necesito parecer valiente. No quiero ser valiente, solo parecerlo, construir un personaje que vaya de frente. Él, bueno, ella, osada ante miedos reales en situaciones reales, pero ella: nada, plástico moldeado. Eso. Sí, ya se –pero no sabía porque él la miraba con atención pero sin demostrar nada: lo mismo podía estar pensando “Dios, que loca”, como “Dios que ganas de ir al baño que tengo”- dirás que una buena terapia de cuatro o cinco años lo soluciona, ¿no? Pero no tengo tiempo…
Error: él podía interpretarlo como una enfermedad mortal o algo así, aunque su cara seguía sin demostrar nada. ¿Era el indicado? Después de todo, veinte minutos en la tele no alcanzaban para…
- Nada grave, nada... “terminal”, ¿eh? Es que tengo que resolverlo pronto, hoy, que se yo, ahora. Solo unas pocas clases, puedo pagarlas, no sé, vos marcás los tiempos, no sé, donde te venga más cómodo, vos sabrás, me parece que no hace falta que sea en una sala de ensayo, como… (otra vez sus ejemplos de conducción) aprender a manejar en la General Paz. ¿Es muy loco? –Ella no iba a decir patético.
Lo siguiente fue un gesto, de ella, entre gracioso y suplicante de comprensión. Él seguía inmóvil, mirándola.
- ¿Hablo demasiado? No soy una loca millonaria, excéntrica, aburrida y tonta. Es… una idea, solo eso…
Él no se movía, quién sabe si buscaba una respuesta o sería uno de esos pocos agraciados que no consideraba su obligación encontrar respuestas. De ser así, era el indicado.
Alguien debía romper ese espacio tan intenso como invisible y frágil que se había abierto. Ella no era valiente, le tocaba a él, ¿a él?
- Te dejo mi mail
¿Quién habló? ¿Él? ¿Ella? ¿Si es que se puede contagiar la valentía, la cobardía sería igual de infecciosa? ¿Cuándo es demasiado el ridículo? ¿Quién necesitaba alejarse?

domingo, 21 de agosto de 2011

Taller (iii)

2.
Si algo no está roto, igual tiene que ir al taller. Si vienen las musas que te encuentren trabajando. El hombre solo no es hombre completo. El artista es un hombre historizado. Tiene que conocer lo que fueron otros para ser distinto. Bendita virginidad de los que se creen únicos. No fueron a esos galpones donde alguien o alguienes les dicen que eso ya lo hicieron antes. “Mmm, eso ya lo hicieron antes”. El famoso mito de. Los griegos fueron los garcas. Con demasiado tiempo para pensar agotaron todas las ideas. El taller te ubica: no sos más que plástico moldeable por la historia o el paradigma. Solo podrás elegir el tipo de molde. Yo quiero ser un poco así, con pocas rectas, mucha curva, eso es bien de nenas. Todos saben que en el taller las cosas se transforman: cuando salís llevás una marca invisible que tarde o temprano saldrá a la luz. Ya no sos puro, pasaste por el taller. Alguien te puso las manos encima y dejaste de ser esa cosita inocente y pura que eras. ¿Vos querías ser pura, inocente o cosita?
No.