Un día, vos estás mirando para otro lado, haciendo otra cosa y llega esa persona que sin preaviso pero con mucho trasfondo, te sacude el cuerpo y te congela el tiempo.
Casi siempre son personas las que traen esta alegría de generación espontánea... Y la/lo mirás, incrédulo, conteniendo el aliento y con los ojos cada vez mas grandes, hasta que lo real y lo imaginado firman la paz. Y ahí, justo ahí, es que sale el llanto.
Los llantos de felicidad más lindos son esos que empiezan suave y van creciendo y creciendo hasta que todo vos está llorando, hasta que las lágrimas te dejan ciega en un universo donde todo está bien.
Todo está bien.
Todo está bien y no deberías estar llorando, pero no podes parar y es cada vez mas fuerte porque lo que haces es crear un océano correntoso en donde todo el terror encuentra el camino para alejarse para siempre de vos.
Porque para que se llore tanto, tanto, fue necesario mucho tiempo sobrevivir a la angustia, o la soledad, o al miedo, o a la ausencia. O a todo eso junto. O al dolor, también.
Cuando Mar, después de dos meses volvió a casa, dejé que esa corriente de llanto se llevara los monstruos para darle la bienvenida a un mundo que queríamos fuera hermoso para ella.
Cuando una cortina de agua impidió que vea a Marina bailando samba, fue porque su ausencia había sido insoportable.
Hoy que estamos por llorar mucho, mucho y fuerte, ansiamos ese momento en el que el rio venga y se lleve los fantasmas.
Porque todo va a estar bien.
Te esperamos Alba.
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