domingo, 6 de junio de 2010

Solo el amor

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Esta bien, es domingo a la noche, el ánimo es de domingo a la noche y me da remordimientos tener el blog tan abandonado. Quizás por eso, sepan disculpar, esta confesión trasnochada y simplota que aquí me pongo a cantar.
Para mí, a pesar de tanto desastre, a pesar de mi actual inmovilidad (ando un poco solita, y si), a pesar de lo dura que es la rutina y la abstinencia, a pesar o quizás por eso, estoy absolutamente convencida de que lo más importante y motivador del mundo es el amor. Ese amor difícil, ese amor que complica, que duele a veces, que transforma siempre y que nos hace completamente felices y plenos en alguno de sus pocos momentos de clímax. Solo el amor.
Por eso, solamente por eso, en estos días en que arrebatos de odio demuelen brotes de vida por doquier, hay dos cuestiones que me devuelven a lo simple.
En estos días, cuando el senado argentino está evaluando modificar la ley de matrimonio civil para que personas del mismo sexo puedan casarse, me cuesta entender que haya quienes se oponen. No se, me parece que es tan difícil encontrar el amor, el amor que moviliza, que completa, tan difícil y tan maravilloso, que no encuentro razones para oponerse a que aquellos que lo vivan, que lo sientan, lo celebren como se debe, sean Marta y Manuel, Manuel y Miguel o Marta y Mariana.
Privar a otros de la celebración de la alegría se está poniendo de moda, ¡qué porquería!

El otro hecho que me ayuda a sobrellevar este domingo nocturno tan cercado por la rutina, es pensar que tal vez, en unos meses, algo encaje correctamente en su sitio olvidado. Las Abuelas de Plaza de Mayo, nominadas al Nobel de la Paz, tal vez sean las elegidas y los cursos "naturales" del amor y de la historia alinearán su astros con la verdad que tranquiliza. Si, es cierto que si ese premio el año pasado lo ganó Obama ya tenemos mucho de valor perdido y desprestigio ganado. Pero ese premio para esas mujeres esculpidas en amor del bueno, será un premio capitalizable dentro de este país donde algunos sectores todavía las desprecian y difaman.
Dos hechos, domingo a la noche y solo un poco de amor para compartirles.
Nas'noches.
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miércoles, 26 de mayo de 2010

duda razonable

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¿si no podés amar aquello de lo que formas parte: a qué fantasma le estar regalando tus besos?
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martes, 25 de mayo de 2010

190, 200, 205, 210...

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Si es cursi decir y sentir con orgullo excultante que una ama a su país, peor, a su patria, y bueno, tendré que aceptarme cursi.
Desde hace 10 años, cuando decidí volver a vivir "en casa" (en lo familiar, en donde una encuentra referencias, en donde una reconoce igualdad aún entre los defectos de los otros) cada vez que escucho y deseo cantar el himno, no puedo porque lloro. Me emociono hasta que se me nublan los ojos con lágrimas que no llegan a salir, se me cierra la garganta y me salen gorgoteos y no palabras. Beneficio (o castigo) de las mujeres: el llanto está siempre disponible para decir lo que las palabras no alcanzan a contar.
Estamos de cumpleaños, el 200, y Buenos Aires (espero que el país entero) es una fiesta. Salimos a la calle a juntarnos para vivir la parte de la Argentina que nos enorgullece: algunos van a ver desfiles militares, otros desfiles de comunidades provinciales y extranjeras, otros van a escuchar folcklore, otros tango, otros a León Gieco, Kapanga, y hasta a Fito Paéz. Otros van a comer y beber en los stands de provincias, visitan a las Madres y Abuelas y hasta se tramitan el DNI. Todos en las calles con nuestras diferencias a cuestas pero unidos por nuestas semejanzas. En estos tiempo donde la tolerancia es un valor a conquistar (yo te tolero pero ojalá no estuvieras ahi) y no el respeto, es un avance.
¿Que durará lo que duren los espectáculos? es posible, pero hoy salis a la calle y la gente está contenta. Mi amiga Gabriela dice que ojalá sea un inicio de un nuevo país.
Igual ya tenemos este, que no está mal (hace 10 años era un completo desastre y dolía en el pecho o en el alma) y esperemos podamos seguir haciendolo mejor. Y la única forma es hacerlo juntos, parte a parte, dentro de este extraordinario marco latinoamericano que también estamos viviendo.
En fin, que amo a este país con mis emociones irracionales y con toda mi razón (y sus razones)
Amar nunca está de mas y sigo pensando, quizás por haber vivido tantas ausencias, que cuando se tiene la oportunidad es la única razón de osadía que hace falta.
Y ahora, a celebrar.
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lunes, 10 de mayo de 2010

De pronto nuestra amistad se vació de palabras,
faltaron tantas complicidades como cotidianidades.
Fue entonces cuando tuvimos que dejarla.
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domingo, 2 de mayo de 2010

Tarde de domingo (III)

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¿Cuántas clases de alegrías hay? ¿cuántas de sonrisas? ¿cuántos tipos de felicidades?
Domingo a la tarde, vamos a ver Fuerzabruta (www.fuerzabruta.net) al Centro Cultural Recoleta. ¿Cómo explicar sin describir? ¿Cómo, cuando las palabras no alcanzan?
Lo fácil: es lo más. Pero para eso no posteo nada. Hay que ser un poco más.
Fuerzabruta no sirve para nada. Es. (eso dicen ellos mismos)
De pie en sala llena. De vez en cuando viene bien ese roce, esa unificación de movimientos, ese sudor compartido. El ruido aturdidor que obliga a ejercitar los otros sentidos. A desconectar, sobrevolando lo real o lo realista.
El público no participa, forma parte. Herido. Festejando.
No son sólo las sonrisas, los gritos compartidos, la liviandad y/o la liberación. El cuerpo siente, ven (y no ven) los ojos, vibran las gargantas, los pies, los estómagos. Es la belleza de las formas, de los movimientos, de los chicos. Es.
Festejando.
Saltar abrazada a los amigos. Intercambiar caras sonrientes con desconocidos. Gritar y reirse, bailar, explotar con una risa que viene de adentro. Solos, a merced de una endorfinas que sonrien también.
Y unas vibrantes y vigorosas bocas rojas empujando hacia una sensibilidad colectiva, universal.

Uno de esos espectáculos que no hay que perderse y que se quedan (eso espero) pegados como papel picado sobre los cuerpos exaustos, satisfechos. Gozosos.
Gracias!
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sábado, 10 de abril de 2010

Semana en Baires (II)

Sábado

Tres de la tarde, entra todo el sol de otoño por las ventanas. La ciudad se esconde tras los ruidos, pero me pongo los auriculares, me acomodo en el sillón y...

Ya llega el sol, ya llega el sol y yo digo que todo está bien.

Cariño, ha sido un largo, frío y solitario invierno.
Cariño, parece como que hubiera durado años.

Ya llega el sol, ya llega el sol y yo digo que todo está bien.

Cariño, las sonrisas vuelven a las caras.
Cariño, parece que hace años que no está aquí.

El sol, el sol, el sol aquí llega.

Cariño, siento como el hielo se derrite lentamente.
Cariño, parece que hace años que no está claro.

Aquí llega el sol, aquí llega el sol y yo digo que todo esta bien.

viernes, 9 de abril de 2010

Semana en Baires (I)

Viernes

Nueve de la noche, subte a casa. Vagón destartalado que parece querer desintegrarse en cada metro recorrido (vagón-gelatina: ¿tanto juego tiene que tener?). Casi todos solos, salvo tres amigos en las butacas del otro lado del pasillo. Me siento yo primera, mirando hacia adelante, del lado de la ventanilla. Se sienta un hombre a mi lado pero apenas giro la cabeza para mirarlo. Por el costado del ojo veo o intuyo que no es mayor, él también mira al frente pero sin observar nada. Salvo por dos pequeños lunares en su mejilla izquierda no parece tener nada que lo haga único. Casi saliendo de la estación sube un último pasajero. Se sienta frente a mi; como si no lo hiciera, como si mirada más allá de él, lo descuartizo con la mirada.
De unos 30 años, más o menos. Todo el brazo derecho tatuado como si fuera un salón de la Alambra. Muñequera gruesa de cuero, casi suelta. El otro brazo tiene también pequeños tatuajes: en la mano izquierda, una palmera. Mientras desenmaraña los cables de su Ipod lo miró un poco más descaradamente. Barba más que incipiente, remera negra con siluetas en gris, camisa verde abierta, bolso nike (mirando bien, todo parece tener marca), gorra verde con visera. Se la arquea un poco más, se la acomoda un poco para atrás, otro poco para adelante. Pequeño piercing en la nariz, hermosos ojos verdes. Tiene ese algo, ese toque de no-bueno que incita. Inquieta, dan ganas. Seguro sabe pecar. No lo miró mucho. No lo dejo de mirar.
Siguiente parada. Sube una mujer asida a un bolso con dos o tres plantas. No las reconozco, no se sus nombres pero ella seguro que si. Se sienta en frente, junto al James McAvoy porteño, y saca una hoja pequeña dentro de una bolsa de plástico. La observa atentamente. ¿Qué busca? ¿Qué encuentra? Quien sabe. Ella ya no es joven, el pelo tirante hacia atrás recogido en un rodete. Anteojos rectangulares como los de todos. Ya nadie usa anteojos de lectura redondos. La moda manda. El resto no se le distingue: solo rodete, lentes y plantas sobre su regazo.
Siguiente estación y miró por la ventana.
No sé, fijándome en sus particularidades -una trenza, unos labios, una mirada suave, una forma de pararse, ese peinado salvaje- hoy todo el mundo me parece hermoso.
Sin duda, los viernes soy casi feliz.
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